En Japón, el Gobierno japonés intentó subastar deuda a 20 años y casi nadie quiso comprar.
Los rendimientos ya están muy altos (es decir, los inversores deberían estar interesados), y aun así la demanda fue extremadamente débil. Eso genera una señal clara: el mercado ya no confía en financiar la deuda japonesa a largo plazo.
Durante años, el Banco de Japón ha sostenido artificialmente los tipos bajos comprando más de la mitad de toda la deuda pública del país. Eso ha permitido que el gobierno japonés se financie sin problemas, a pesar de tener la relación deuda/PIB más alta del mundo desarrollado.
Sin embargo, ahora que el BOJ intenta reducir su balance y devolver algo de normalidad al mercado, se enfrenta a una realidad incómoda: sin su intervención directa, el mercado privado no está dispuesto a absorber esa deuda sin exigir un tipo mucho más alto.
Subieron con fuerza los tipos de interés de los bonos a 20 y 40 años. Para Japón, esto encarece enormemente el coste de financiar su deuda, algo muy grave en un país con una deuda pública que ronda el 260% del PIB.
Lo que ha ocurrido en Japón no es simplemente una mala subasta: es una señal de alarma estructural en el corazón del sistema financiero japonés —y potencialmente un anticipo de lo que podría ocurrir en otros países con elevada deuda y bancos centrales que están empezando a retirarse.
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